La gramola escupe canciones italianas, el aire se carga de años sesenta y el ambiente de un optimismo borracho. Se echa de menos el sombrero que abandoné en la percha de la entrada, y es que ya no sé hacia donde ocultar las miradas.
Bailan mis sentimientos al compás de la música que emana ese cuerpo tuyo, sedente y cruzado en aquel taburete casi tan rojo y aterciopelado como tus ideales. Todo se vuelve armónico y voluptuoso y haces que la sangre hierva en mis venas. Y desde mi sillón verde, de pensamientos frívolos y decadentes, escucho el ingenio aflorar de tus labios, con el eco cálido, desafiante y seco de musa reprimida por el viento.
Los muebles se desintegran, las personas se vuelven sombras y el alcohol sangre de mascar. El humo se parece demasiado a tu perfume y he aparcado fuera mis angustias existenciales. Solo estamos, tú, yo, la música y ese misterio que sabe a Chicago y a violeta.
Y como desería mezclar tu ron y mi whisky en nuestros labios.
Un caballero lleva por armadura la libertad, por escudo la razón y por arma el corazón.
miércoles, 25 de mayo de 2011
lunes, 23 de mayo de 2011
15-M en 2086.
-¿Sabes? Hace setenta y cinco años se produjo en España una revolución pacífica.
-¿A sí, y que quería?
-Pues supongo que lo que todas las revoluciones, cambiar las cosas. Acamparon en la puerta del sol y en otras plazas españolas, se sentaron y exigieron que las cosas cambiaran.
-¿Pero eran de izquierdas o de derechas?
-Eran personas
-¿Y consiguieron lo que querían?
-Depende. ¿Podrás jubilarte alguna vez cuando seas viejo?
-No, el gobierno dice que no hay recursos.
-¿Has visto nevar alguna vez?
-No, los científicos dicen que hace demasiado calor por la contaminación.
-¿Tienes trabajo?
-No, las cosas ahora están muy mal.
-Antes también lo estaban.
-Pero ellos no consiguieron nada. ¿Por qué ibamos a conseguirlo nosotros?
-Supongo que a veces lo único que puedes hacer es ruido, agarrarte con fuerza a una esperanza, por muy débil que sea, y hacer que escuchen tu opinión.
-¿Quiénes?
-Los que gobiernan el mundo.
-A ellos no les escucharon
-Hay otras personas que piensan que aquello cambió una pequeña parte del mundo.
-¿Por qué?
-Porque por fin se dieron cuenta de que no puede existir una democracia real si lo que de verdad gobierna el mundo es el dinero.
-¿A sí, y que quería?
-Pues supongo que lo que todas las revoluciones, cambiar las cosas. Acamparon en la puerta del sol y en otras plazas españolas, se sentaron y exigieron que las cosas cambiaran.
-¿Pero eran de izquierdas o de derechas?
-Eran personas
-¿Y consiguieron lo que querían?
-Depende. ¿Podrás jubilarte alguna vez cuando seas viejo?
-No, el gobierno dice que no hay recursos.
-¿Has visto nevar alguna vez?
-No, los científicos dicen que hace demasiado calor por la contaminación.
-¿Tienes trabajo?
-No, las cosas ahora están muy mal.
-Antes también lo estaban.
-Pero ellos no consiguieron nada. ¿Por qué ibamos a conseguirlo nosotros?
-Supongo que a veces lo único que puedes hacer es ruido, agarrarte con fuerza a una esperanza, por muy débil que sea, y hacer que escuchen tu opinión.
-¿Quiénes?
-Los que gobiernan el mundo.
-A ellos no les escucharon
-Hay otras personas que piensan que aquello cambió una pequeña parte del mundo.
-¿Por qué?
-Porque por fin se dieron cuenta de que no puede existir una democracia real si lo que de verdad gobierna el mundo es el dinero.
viernes, 20 de mayo de 2011
Désir.
Quiero llamarlo amor, y que al hacerlo se estremezca cada parte de mi cuerpo. Quiero saber que al menos una mirada en el mundo me pertenece, y que yo le pertenezco a ella. Quiero mirar al mundo colocado de besos y de caricias. Quiero sacar a pasear mis sentimientos, y demostrar que incluso yo tengo derecho a ser feliz. Quiero que sea el recuerdo de su perfume lo que me quite el sueño. Quiero compartir la sangre, la carne y el espíritu. Quiero convertir la nostalgia en futuro. Quiero ser un río, no un lago estancado. Quiero emborracharme de felicidad y despertarme con resaca en el corazón. Quiero poseer su luz femenina y extravagante, y que ella ame las sombras que constituyen mi mundo. Quiero ser yo mismo con alguien, y quiero que me guste hacerlo.
Me bastaría con tenerla a mi lado, apoyada sobre mi hombro, alimentándome de su perfume y escuchando como la sangre se desliza por su venas. Quiero amar, o morir en el intento.
Me bastaría con tenerla a mi lado, apoyada sobre mi hombro, alimentándome de su perfume y escuchando como la sangre se desliza por su venas. Quiero amar, o morir en el intento.
lunes, 16 de mayo de 2011
Mannequin.
Ahí estás, en la mesa. Impasible. Esperando que tu sombra proyecte la vida que no es capaz de insuflarte el espíritu. Esperando para convertirte en caballero, o en abogado de finanzas, o en algún presonaje de anime con la cabeza demasiado desproporcionada al resto del cuerpo.
Tus manos, tus pies, tu cabeza, tu torso, todo forma una armonía hedonista, estática y articulada. Un sin fín de opciones, de sueños, de vidas posibles en las que proyectar aquella sombra que te regala la luz nacarada del flexo. Carne de madera, sangre de metal, excedente de serrín en tus entrañas. Muñeco olvidado por el propio vacío.
Siempre has estado ahí, y sin embargo pocas veces he reparado en tu presencia. Me has visto ahogar mis penas en mil y una palabras, soñar allí en frente, en mi cama, con los más surrealistas disparates, y me has visto crecer, y llorar, y gritar, y reir... y sin embargo yo apenas había reparado en tu presencia.
Maniquí, te envidio. Siempre presente, con tu rostro neutro de modelo artístico, como si fueras a ser pintado por el mismísimo Goya. Pofesional y apático, sin que tu cuerpo sea capaz de definir el más mínimo rasgo de sentimiento, de debilidad. Y es que el amor, la soledad, el miedo y la tristeza son para los cobardes, y ójala fuera tú maniquí, para ser todo y nada al mismo tiempo, siempre y en todo lugar, por los siglos de los siglos, amén.
Tus manos, tus pies, tu cabeza, tu torso, todo forma una armonía hedonista, estática y articulada. Un sin fín de opciones, de sueños, de vidas posibles en las que proyectar aquella sombra que te regala la luz nacarada del flexo. Carne de madera, sangre de metal, excedente de serrín en tus entrañas. Muñeco olvidado por el propio vacío.
Siempre has estado ahí, y sin embargo pocas veces he reparado en tu presencia. Me has visto ahogar mis penas en mil y una palabras, soñar allí en frente, en mi cama, con los más surrealistas disparates, y me has visto crecer, y llorar, y gritar, y reir... y sin embargo yo apenas había reparado en tu presencia.
Maniquí, te envidio. Siempre presente, con tu rostro neutro de modelo artístico, como si fueras a ser pintado por el mismísimo Goya. Pofesional y apático, sin que tu cuerpo sea capaz de definir el más mínimo rasgo de sentimiento, de debilidad. Y es que el amor, la soledad, el miedo y la tristeza son para los cobardes, y ójala fuera tú maniquí, para ser todo y nada al mismo tiempo, siempre y en todo lugar, por los siglos de los siglos, amén.
miércoles, 4 de mayo de 2011
La médiocrité.
Cáscaras, superficies, nadas y más nadas. Gentes huecas, sin alma, sin libertad, sin independencia, sin pensamiento, sin palabra, sin obra y sin omisión. Marionetas, títeres, autómatas del destino, de la sociedad, del gobierno, del espejo del baño, de la economía. Ecos del pasado, arrabales del presente y aire y más aire para el futuro.
Gentes de sueños alcanzables, muertos vivientes, vivos muertos. Sordos ante la injusticia, mudos para opinar y ciegos de egocentrismo y superficialidad envasada al vacío. Mediocridad. Condicionamiento. Ataduras.
Gente agarrada a la monotonía, gente que se refugia en esta insulsa realidad en la que vivimos, porque así la han educado y así han de permanecer. Porque para destacar aquí tienes que ser el más mediocre de los mediocres.
-¡Pero qué dices! Todo el mundo es especial.
-Esa es otra forma de decir que nadie lo es.
Gentes de sueños alcanzables, muertos vivientes, vivos muertos. Sordos ante la injusticia, mudos para opinar y ciegos de egocentrismo y superficialidad envasada al vacío. Mediocridad. Condicionamiento. Ataduras.
Gente agarrada a la monotonía, gente que se refugia en esta insulsa realidad en la que vivimos, porque así la han educado y así han de permanecer. Porque para destacar aquí tienes que ser el más mediocre de los mediocres.
-¡Pero qué dices! Todo el mundo es especial.
-Esa es otra forma de decir que nadie lo es.
sábado, 30 de abril de 2011
Autopsie.
Mis ojos se clavaban en la pared roida y despedazada de la sala de espera. Aún no podía creer lo que había pasado, y mucho menos imaginar que fuera cierto.Era por ello por lo que aún no había sido capaz de llorar.
Una triste flor se marchitaba metafóricamente en un jarrón de cristal, demasiado en la esquina de una mesilla que se confundía en color y suciedad con la pared.
Entonces vino aquel policía que bien podía haber sido comparado con el ángel de la muerte o con esos mensajeros que anuncian la desgracia en las tragedias griegas. Con un cariño impaciente, me cogió de la mano y me llevó por un pasillo de puertas metálicas y me presentó a un hombre con bata y gafas de latón. Ambos me condujeron a una sala excesivamente iluminada, en cuyo centro, sobre una cama de chapa oxidada, yacía un algo bajo una sábana, tambien blanca. Con ínfimo cuidado levantaron la sábana para mostrarme un rostro al que debía reconocer.
Una estremecedora carcajada se deslizó por mi garganta cuando me preguntaron si era ella, ¡por supuesto que no lo era! Ella no tenía la cara tan blanca, ni llena de sangre seca y moratones. Sus brazos no eran de una rigidez glacial, sino cálidos y acolchados. Su pelo emanaba una fragancia que ese cuerpo extraño no desprendía. Su rostro no poseía ningún rictus de implacable sumisión como aquel, era de una ensalada de sonrisas irónicas, muecas de reprobación, de tristeza, de amor. Tampoco oía latir a kilometros de distancia su corazón, ni percibía esa nostalgia de cuando se acordaba de Chicago. Y mucho menos eran iguales sus ojos, pues aún estando cerrados por las redes de morfeo, siempre notaba aquella mirada inteligente, rebelde, misteriosa y atrevida, y aquellos párpados solo transportaban un eco vacío y desgarrador.
No era ella. Solo un cascarón vacío con el que disfrazó su verdadera alma, esa que se había evaporado en aire en aquel accidente y que yo no volvería a disfrutar jamás. No quería vivir sin ella, con un rápido movimiento cogí la pistola del ángel de la muerte, quite el seguro, apreté el gatillo y caí sobre aquel nauseabundo cuerpo vacío.
Por si te lo preguntas, lo último que se me pasó por la cabeza antes de morir, fue cuando la ví por última vez y como ella me miró a través del casco con una sonrisa, antes de arrancar la moto y marcharse para siempre.
Una triste flor se marchitaba metafóricamente en un jarrón de cristal, demasiado en la esquina de una mesilla que se confundía en color y suciedad con la pared.
Entonces vino aquel policía que bien podía haber sido comparado con el ángel de la muerte o con esos mensajeros que anuncian la desgracia en las tragedias griegas. Con un cariño impaciente, me cogió de la mano y me llevó por un pasillo de puertas metálicas y me presentó a un hombre con bata y gafas de latón. Ambos me condujeron a una sala excesivamente iluminada, en cuyo centro, sobre una cama de chapa oxidada, yacía un algo bajo una sábana, tambien blanca. Con ínfimo cuidado levantaron la sábana para mostrarme un rostro al que debía reconocer.
Una estremecedora carcajada se deslizó por mi garganta cuando me preguntaron si era ella, ¡por supuesto que no lo era! Ella no tenía la cara tan blanca, ni llena de sangre seca y moratones. Sus brazos no eran de una rigidez glacial, sino cálidos y acolchados. Su pelo emanaba una fragancia que ese cuerpo extraño no desprendía. Su rostro no poseía ningún rictus de implacable sumisión como aquel, era de una ensalada de sonrisas irónicas, muecas de reprobación, de tristeza, de amor. Tampoco oía latir a kilometros de distancia su corazón, ni percibía esa nostalgia de cuando se acordaba de Chicago. Y mucho menos eran iguales sus ojos, pues aún estando cerrados por las redes de morfeo, siempre notaba aquella mirada inteligente, rebelde, misteriosa y atrevida, y aquellos párpados solo transportaban un eco vacío y desgarrador.
No era ella. Solo un cascarón vacío con el que disfrazó su verdadera alma, esa que se había evaporado en aire en aquel accidente y que yo no volvería a disfrutar jamás. No quería vivir sin ella, con un rápido movimiento cogí la pistola del ángel de la muerte, quite el seguro, apreté el gatillo y caí sobre aquel nauseabundo cuerpo vacío.
Por si te lo preguntas, lo último que se me pasó por la cabeza antes de morir, fue cuando la ví por última vez y como ella me miró a través del casco con una sonrisa, antes de arrancar la moto y marcharse para siempre.
lunes, 25 de abril de 2011
Pluie.
La lluvia golpeaba con fuerza el tejado emanando un viento frío y un tanto renacentista. Y sin embargo ¡cuán deliciosa era la armonía de la madera húmeda y ajada!
Hacia mucho que no llovia en el reino, el viento había desnudado los árboles, los rayos habían incendiado la tierra y las nubes había cubierto al astro rey. Pero hacía mucho tiempo que no llovía y el príncipe, que ya no lo era, saboreaba esa agridulce sensación que le causaba ella y aquella lluvia que siempre anunciaba su presencia.
Y es que la musa se peinaba en la habitación continua, tatareando una canción que sonaba a rock cantábrico y a suspiros metálicos, cepillando una y otra vez sus perfectas y suaves ondulaciones.
La sentía tan cerca que pensaba que le iba a estallar el corazón, y tan lejos que parecía que se le iba a romper. Podía imaginar aquellos dos ojos ardientes, rebuscando una y otra vez su rostro en el espejo, sin un solo fragmento de curiosidad ni de hedonismo barato en su mirada. Y quiso poder respirar el aire que le sobraba a ella, y convertirse en espejo para observarla de frente, y en aquella almohada sobre la que descansara su rostro para saborear su perfume anaranjado.
Se asomó al balcón preguntándose si a ella no le gustaba el mundo que le ofrecía. Era negro, rebelde y descarado, pero un mundo al fin y al cabo. Ella siempre podría iluminarlo con su irresistible sonrisa de sarcasmo embotellado.
Hacia mucho que no llovia en el reino, el viento había desnudado los árboles, los rayos habían incendiado la tierra y las nubes había cubierto al astro rey. Pero hacía mucho tiempo que no llovía y el príncipe, que ya no lo era, saboreaba esa agridulce sensación que le causaba ella y aquella lluvia que siempre anunciaba su presencia.
Y es que la musa se peinaba en la habitación continua, tatareando una canción que sonaba a rock cantábrico y a suspiros metálicos, cepillando una y otra vez sus perfectas y suaves ondulaciones.
La sentía tan cerca que pensaba que le iba a estallar el corazón, y tan lejos que parecía que se le iba a romper. Podía imaginar aquellos dos ojos ardientes, rebuscando una y otra vez su rostro en el espejo, sin un solo fragmento de curiosidad ni de hedonismo barato en su mirada. Y quiso poder respirar el aire que le sobraba a ella, y convertirse en espejo para observarla de frente, y en aquella almohada sobre la que descansara su rostro para saborear su perfume anaranjado.
Se asomó al balcón preguntándose si a ella no le gustaba el mundo que le ofrecía. Era negro, rebelde y descarado, pero un mundo al fin y al cabo. Ella siempre podría iluminarlo con su irresistible sonrisa de sarcasmo embotellado.
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