Baila la hipocresía en la inmensidad del Vaticano. Llora un dios inexsitente por lo que se dice en su nombre. Peca el sacerdote y la prostituta, el ama de casa y el borracho. Sangran cera cristos eternamente crucificados.
Padre, he pecado de lujuria. Los pensamientos obscenos nublan mi mente, bellas mujeres pueblan mis sueños y me corroe el deseo continuo de placer. No voy a llegar virgen al matrimonio.
El castigo es ser afixiado en fuego y azufre por lo que Dante calificó como amor extremo.
También serán afixiados los asquerosos homosexuales y las inmorales putas, pero los pederastas siempren tendrán abiertas las puertas al reino de lo cielos. Padre, he pecado de gula. Más de una vez me he hartado a chocolate y he ahogado mis penas en más de una botella de whiskie barato. Pienso seguir haciéndolo.
El castigo es ser forzado a comer ratas, sapos, lagartijas y serpientes vivas.
No serán castigados por tanto los niños de Somalia, dejemos que se marchen a los brazos de nuestro señor. Nosotros celebraremos su ascensión en ávidos banquetes papales. Padre, he pecado de avaricia. De mi sueldo guardo siempre algo en la hucha para acumular el suficiente dinero con el que comprar todo lo que desea mi materialismo exacervado. Voy a seguir ahorrando y gastando,
El castigo es ser colocado en aceite hirviendo.
Los cálices no pueden ser de madera ni las cruces de hierro. Tienen que ser de oro y plata para ensalzar a su Dios el carpintero, a quien el dinero le fue siempre indiferente. Padre, he pecado de pereza. Me acuesto de madrugada y me levanto tarde, no hago nada útil y dejo que el sol toste mis músculos agarrotados. Así será hasta que termine el verano, quizá incluso se prolongue.
El castigo es ser arrojado a una fosa con serpientes.
No correrá ese peligro el sacerdote, pues mientras labra el campesino y lucha el soldado, él reza por las almas de todos, aunque lo haga sentado. Padre, he pecado de ira. A menudo me enfado de manera exagerada y hiero a los que me quieren. No es algo de lo que este orgulloso pero asi es mi caracter y no creo que vaya a cambiar.
El castigo es ser desmembrado.
Pero la ira de la Iglesia está justificada, había que quemar brujas en Inglaterra y perseguir a los rojos en España, pues eran un peligro para nuestro señor misericordioso. Padre, he pecado de envidia. Me gustaría ser tan feliz como otras personas, vivir una vida alegre y refrescante y con una pareja sobre la que volcar este amor cristalizado que recorre mis venas.
El castigo es ser sumergido en agua helada.
La envidia de los monjes hacia la mujer del projimo, o hacia su posición, hacienda o coraje, no tiene nada que ver pues está justificada por su voto de pobreza y celibato. Padre, he pecado de soberbia. A menudo creo ser mejor que los demás, más inteligente, más interesante y menos superficial. Pero al igual que ocurre con la ira, este egocentrismo que define mi personalidad no creo que me abadone y, sinceramente, tampoco quiero que lo haga.
El castigo es ser torturado en una rueda.
Pero la Iglesia nunca debe retractarse de sus errores, pues tiene la palabra de Dios y sus argumentos son, por tanto, perfectos e irrebatibles.Les animo a celebrar y a disfrutar de su fiesta de la hipocresía, llámenlo JMJ o llámenlo como quieran. Pero no lo hagan con mis impuestos.


