martes, 9 de abril de 2013

Fleur du désert.

Hay lugares antiguos, ancestrales, donde los tambores que murieron hace siglos siguen sonando como alegres fantasmas que nos recuerdan aquello que de salvaje y de libre tuvo y tiene la vida. El ritmo bombea el aire y se compenetra con el palpitar de nuestras venas, equiparando nuestros frágiles corazones con el del Dios caballo, ese que debe de habitar en algún lugar de las praderas de más allá del océano y que nunca, nunca, deja de respirar para tomar aliento.

El sol tuesta las rocas, la carne de los hombres y los granos de café, moldeando un desierto de arena y suspiros que dan a luz  limpias y perfectas dunas que apestan a seco y a suave. Las víboras y los escorpiones se alimentan de esa luz radiante e incansable que crea ondulaciones en el paisaje y espejismos en el alma. La muerte aguarda en cualquier lugar de esa planicie que parece no tener ni fin, ni ningún interés por finalizar. Y en mitad de las rocas, las calaveras y los espinos, crece una flor; bella, desafiante y totalmente fuera de lugar.

Flor del desierto, capricho del destino. El viento quizá asesinara tu semilla transportándola lejos de los prados y los acuíferos, y tú, te empeñaras en sobrevivir. Quizá seas la enemiga del viento.
Quizá un frágil brote, alimentado por el sol y la sangre de la arena, lograra reunir la fuerza necesaria para empeñarse en ver las estrellar y llevar la contraria al viento. Quizá tus espinas se hicieran más fuertes, quizá tu tallo se volvió flexible y quizá tus pétalos se volvieran hermosos para destacar en mitad del marrón y la muerte del desierto.

Un halcón, puede que herido de un ala, puede que cansado de la vida, llevó a morir su corazón al desierto y descubrió aquella flor, bella y solitaria, plantándole cara al mundo y con una sonrisa tan bella y un perfume tan fresco, que le atrevesó el corazón como atraviesan las lanzas al sol en esas batallas que se producen por algo tan lejano como es el mundo.

El halcón vivía rodeado de flores y no podía entender como aquella otra, aquella del perfume violeta y los pétalos de sangre, podía estar allí, sola, ignorada por el mundo. No se atrevía a acercarse, temía sus potentes espinas, temía el rechazo hacia un halcón herido y tan loco como para enamorarse de una flor del desierto.




"La flor que crece en la adversidad será bella, la más hermosa de todas".

jueves, 28 de marzo de 2013

Lebenslangerschicksalsschatz.

En alemán, "tesoro del destino que perdura para siempre". Se supone que todos tenemos un Lebenslangerschicksalsschatz ahí, en alguna parte, y se supone, también, que nosotros somos el Lebenslangerschicksalsschatz de alguien. Es un sentimiento inefable, un orgasmo cerebral, un ataque terrorista al corazón. La certeza lo convierte en un hechizo potente y escurridizo, porque si llegas a plantearte si una persona es tu Lebenslangerschicksalsschatz es que no lo es en absoluto.

¿Y si fuera cierto? ¿Y si nos dejáramos guiar por los románticos alemanes? En castellano no hay ninguna palabra que defina correctamente algo tan mágico y contundente. Puede que los alemanes nos adelantaran en ese sentido. Puede también que no sean solo nazis y constructores de autopistas como la historia que, siempre, siempre, escriben los vencedores, nos ha hecho creer. Puede que exista una sensibilidad escondida en el centro de Europa que sustituye la pasión mediterránea por la idealización secreta y silenciosa de un sentimiento del que nos hablan todos los cisnes y la mayoría de los poetas.

Pero ¿Por qué? ¿Por qué existe algo así? ¿Por qué existe la magia del amor si también lo hacen las máquinas expendedoras y los mercados financieros? ¿Por qué existe el sentimiento si ya el sexo permite la reproducción? ¿Por qué una unión de almas en este mundo de individualismo envasado al vacío?

Los esquemas se rompen, la razón se hunde en el lodo y la química parece no explicarlo todo. El dolor  te atormenta, las dudas te invaden, las inseguridades florecen y nuestros fantasmas vuelven para encontrarnos. Pero solo en la noche más oscura puede apreciarse la luna, blanca y explosiva, como los ojos de una princesa que se alimentan de la esperanza de un nuevo caballero que viene a rescatarla. La oscuridad del amor solo es el marco que protege la verdadera obra de arte, y eso no todo el mundo lo sabe.


Lo mejor de la vida es que de vez en cuando existan cosas como el Lebenslangerschicksalsschatz. Situaciones inexplicables que arrasen con todo y sigan rompiéndonos la cabeza de la misma manera que se la rompía a nuestros ancestros, sin que esa Civilización en la que vivimos y que pretende controlarlo absolutamente todo, pueda hacer nada para evitarlo.

martes, 26 de febrero de 2013

Vous, funeste Arcadie.

Hoy Madrid me sabe a otoño, a miércoles y a todo lo que de melancólico tiene el Violonchelo. Alguien escribió "Tiempos difíciles" en ese muro gris que se cayó en Berlín y que hoy se erige en  una Gran Vía rota, derrotada e incandescente.

Las casas se vacían de respiraciones y se inundan de incertidumbre. Llueven acciones bancarias sobre el rastro que dejaron las sonrisas que un día vendimos para pagar nuestro rescate, aunque en realidad nadie viniera nunca a por a esta princesa de ojos verdes vestida de Zarzuela.

Si respiras hondo, aún puedes oler la ceniza que dejaron los sueños rotos al inmolarse, el aire de un Mediterráneo azul y corrompido y el aroma de las espigas doradas del trigo castellano; esa leche de esta, nuestra Pacha Mama, que a veces quisimos vestir de violeta y otras de rojigualda.

Una cruz de Cristo yace olvidada en alguna atalaya del Noroeste, observando una y otra vez el paso de un tren con dirección quién sabe si a Atocha o a la muerte, mientras un relámpago define su silueta y  los buitres de la especulación revolotean sobre los huesos y más huesos que ahora forman la ciudad.

Y en mitad de la plaza de aquel Sol que un día definió a un país, en mitad de un estrepitoso silencio que apesta a cansancio y a mandíbulas desencajadas, suena una guitarra, triste y solitaria, furiosa y agitada, escandalosa y desafinada.

Guitarra española. Siempre fuera de la orquesta, siempre aparte, siempre sola. Uñas duras a juego con almas que, ahora, también lo son, acarician las cuerdas, las golpean, las arañan y hasta las arrancan. Dos lágrimas rebeldes oscurecen la madera de lo que antes fue ataúd  y, antes aún, pino que observaba el cielo desde algún punto de los Montes de León.

Guitarra que es banda sonora para el cansancio, con acordes en La, en Mi, en Erda y en Sistema. Las patadas de frustración se erigen como única percusión, mientras miles de voces solitarias se alzan en gritos, súplicas y lamentos que jamás salen de sus gargantas. Una mayoría silenciosa que huye sobre pájaros de metal o se resigna  a gatear sobre el asfalto de una ciudad rota.

Ya no hay nada. Somos un desierto de poco petroleo y muchas deudas. Las almas que vinieron, vuelven a marcharse, porque quizá no fuera tan buena idea esto de la Península Ibérica y quizá, y solo quizá, también haya un Parnaso en Nicaragua.



Y como insectos que jugaron a ser dioses, o a creérselo, nos vemos abocados a escarbar entre los recuerdos que edificaron nuestros abuelos y perdieron nuestros padres. Entre las ruinas de una funesta Arcadia que resulto ser falsa y que yace hoy, eterna y seca, consumida por el fuego.


viernes, 18 de enero de 2013

Hypocrite.

Perdónenme por la Hipocresía de esta nueva entrada y de sus consecuencias. Perdónenme por mentiroso y por débil, por no saber cumplir una promesa, por intentar engañarme a mi mismo. Perdónenme por entrar de nuevo en este Burdel, en busca del consuelo que dan estas letras que son ciegas y que, ojalá, nunca dejen de serlo.

Hoy un Sinsonte vuelve a batir sus alas sobre este océano de datos postmodernista con el que podríamos bautizar a internet. Porque son tiempos difíciles, y es en los tiempos difíciles en los que más necesitamos a artistas y a escritores. Y es que, cuando haya pasado todo, siempre habrá alguien que pregunte dónde estuvimos y por qué no hicimos absolutamente nada mientras las lágrimas caían y se oxidaban los crisantemos.

Ha pasado casi un año desde que este burdel cerró entre lamentos de putas y cristianos, encerrados en la continua lucha que es la vida. Ahora le resucito como siempre supe que haría, borrando la entrada de despedida y convirtiendo esta en mi entrada número 100, como un nuevo amanecer que huele a pólvora de barricada, como un Renacimiento a la italiana y un museo que no será jamás un escaparate.
He cambiado y habéis cambiado, en este mundo de carrusel y de cocaína, que gira rápido y exuberante alrededor del sol y de nuestros corazones. Porque somos humanos, con todo lo horrible y maravilloso que conlleva esa palabra, y los humanos sienten y se equivocan, sueñan y se decepcionan.... y piden perdón a los amigos.

Necesitaba volver a exponer las palabras que algún demonio me susurra al oído cuando me coloco frente a este aparato que tanto tiene de mágico y tan poco de poético. La tinta cambia y también el soporte, pero el espíritu es el mismo, el mismo que hacía que se le revolviera la cabeza a Kafka, las entrañas a Hemingway y el corazón a Lorca. Pensaba empezar desde cero, como el Dios y el escritor que se colocan frente al papel en blanco, pero eso sería arriesgarse a crear un nuevo paraíso con árbol prohibido y creo que yo me estoy volviendo alérgico a las manzanas.

Perdónenme porque será diferente. El niño triste ha muerto y solo queda un egocéntrico Sinsonte demasiado racional para escribir poesía y demasiado libre para contar versos. Es un gran compromiso el estar a la altura de un pasado en el que los sentimientos se me escapaban de tanto reprimirlos a base de Vodka y libros pasados de moda, pero estaré a la altura, os lo juro.



¿No resulto muy convincente? Es porque este proxeneta también os juró que las zorras ciegas que ahora son mis letras no serían resucitadas. Pero es que hoy vuelven para luchar por algo mucho mayor. El Burdel de las letras ciegas se abre con las palabras de un mentiroso.

¿Pero qué escritor no lo es?


jueves, 16 de febrero de 2012

Sinsonte.

El pajarillo tenía delirios de grandeza. Se emborrachaba de sueños tal y como la oscuridad alimenta los desvaríos. Cada mañana estiraba sus pequeñas y débiles alas de plumas de papel mientras su diminuto corazón de tinta bombeaba mil y una ideas al compás de algun éxito olvidado del Heavy Metal. Y cuanto más alto llegaba, cuando ya parecía que las raíces del nido se soltaban y le dejaban alcanzar la inmensidad de un océano de aire, caía de forma estrepitosa, aterrizando como lo hacen los casquillos desechados de las  balas sedientas de sangre.

Envidiaba la majestuosidad del cisne, la fuerza del águila, el orgullo del halcón. Quería la sabiduría del búho, la alegría del canario, la voz del ruiseñor. Incluso pidió a los ángeles ser cuervo y esconder su debilidad entre plumas de hierro y carbón. Pero se quedó en Sinsonte, un pájaro sin canto, sin fuerza, sin color.

Sinsonte soberbio, egocéntrico y soñador. Tus ambiciones eran el hazmereir de las aves, tu vuelo la viva encarnación de lo patético y lo humano, y tu canto... ¿Qué se puede esperar de un Sinsonte más que un ridículo sin son? De su garganta solo salían imitaciones, adecuaciones de nivel, el sonido del cuervo, del cerdo, del ruiseñor, del humano y del tractor... era el carnaval de la mentira, la burla de un destino demasiado cruel, el don de la astucia enmascarada dispuesta a convertirse en fiero honor y en altivez.

Porque los Sinsones somos valientes, porque eficaz es nuestra ambición, nuestra megalomanía un impulso, la imitación nuestra canción. Los defectos se volvieron humo, el miedo un arengo de calor, nadie se reiría más de su canto, de sus alas, de su dignidad, de su color... Y es que el gris se había tornado brillante cuando la luna enseñó su rostro, fue entonces cuando emprendió el vuelo, rompió raices y se convirtió en diamante.

El más diminuto de los pájaros, aquel sin ninguna aparente virtud, engañará, estorsionará y manipulará a todas las aves, en venganza por su dolor. La inteligencia es un arte y la astucia una virtud, el Sinsonte ganó la batalla cuando descubrió su don.
Hará realidad sus sueños, eso ya se lo juré yo.


Si no creyera en la locura
de la garganta del Sinsonte;
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.
        Silvio Rodriguez, cantautor cubano.

miércoles, 18 de enero de 2012

Chienne.

Ella no es una princesa, jamás vivió en un castillo, su padre nunca fue rey, ni su boca fue de fresa. Su lengua sabe a veneno, a sangre y a droga hospitalaria, a rebeldía congelada en un suspiro de carne, a carne contenida en suspiro de rabia. Ella es la zorra de los arpegios metálicos, la libertad reprimida del canario, el blanco y negro de los años cincuenta.

Vestido negro, medias desgarradas, uñas arrancadas y tacones sangrientos que golpean el suelo a un ritmo simétrico y descompasado. Ella es la puta que no cree en el capitalismo de su oficio, la que desgarra arterias con la mirada y disimula el olor a mierda del mundo con una sonrisa. En el escenario un lavabo lleno de sangre y espejos rotos, de fondo algún grupo indie, y de beber, Vodka.

Revolotea el Maquillaje estrafalario, el pensamiento escéptico y el hablar desvergonzado. Casi parece que puedan existir las artistas borrachas de inspiración y que la extraversión desenfrenada sea más fácil que el olvido, ese al que se someten todos los gusanos corruptos, vanidosos y sensitivos, incapaces de imaginar el convertirse en mariposas. Es por eso por lo que ella se dedica a abrir capullos con su cuchillo de fieltro para arrancar el acero de sus miradas de  insecto.

Siempre con una mirada verde y radiactiva, siempre con la piel contaminada de productos químicos, siempre con los labios recién pintados de un carmín cero negativo que desafía al invierno, y puede que también al infierno si es allí a donde van a parar las putas.


Bésame hasta que me sangren las entrañas. Llévame hasta tu burdel de las maravillas donde las Alicias son prostitutas y la locura es oxígeno. Hazme olvidar el orden, las paranoias, el trastorno obsesivo compulsivo y a las Parcas. Muéstrame el perfume de la libertad que emana tu carácter, miénteme acerca de tu concepción del mundo y susúrrame al oído, muy despacio y con palabras de zorra, el si las Putas también soñáis y si os enamoráis de lo soñable.

sábado, 14 de enero de 2012

Crétin.

Cretino, hijo de puta, cobarde. El caballero de las causas perdidas, el príncipe de la dulce pena, el rey de la soledad, el monstruo de las alcantarillas. El actor que fingía vivir, que fingía sentir, y que solo podía soñar.
Cientos de cuervos revolotean furiosos en este vacío existencial, en esta oscura catedral que invoca a las fuerzas del mal porque el bien se ha teñido de mediocridad. Tratan de buscar alguna salida que les deje estirar sus alas, esgrimir sus voces y morir en libertad, pero en las catedrales de mi alma no hay vidrieras ni rosetones, la oscuridad es infinita y huele a sangre en lugar de a incienso.

El gas y el humo nublan mis sentimientos. La razón es un buen escudo caballero, pero el sueño de la razón produce monstruos, y los monstruos hacen daño a las personas cuando salen a la luz, en forma de palabras crueles que hieren más que los puñales y las espadas. Y de nada sirven los escudos si no utilizas tu arma, si no eres capaz de esgrimir el corazón.

Y los odias. Los odias por ser banales, por ser ridículos, por ser felices. Y sufres porque eres incapaz de sentir lo que sienten. Eres asocial, esquizoide, megalómano, bipolar y violento, pero estás influenciado por esta mediocridad en salazón que llaman sociedad y sabes que el  que la empatía no sacuda tus entrañas y te caliente el corazón es malo, y tú, por mucho que te cueste admitirlo, lo eres también.


La culpabilidad es pesada carga, caballero. Te la inyecta la sociedad en salas blancas que apestan a látex y cloroformo. Llenan tu sangre de prejuicios, de dudas, de sentimientos y de humanidad, y esperan que te comportes como todo buen ser humano y hagas feliz a los demás. Pero, a pesar de esa tendencia a la vulgaridad, a pesar de que adiestran tu cerebro constantemente a discernir el bien del mal, de cuando en cuando surgen caballeros cretinos , fallos en la cadena de producción, que sufren, no por no ser diferentes, sino por no poder comprender a los demás. Por no querer comprender a los demás.